¿Qué permite definir la estructura perversa?

Freud rompió con la teoría de la degeneración mediante la cual la psiquiatría clásica enmarcaba a la perversión, no sólo mostrando que el niño es un “perverso polimorfo” sino planteando que las neurosis son el negativo de las perversiones, es decir que las fantasías inconscientes de los neuróticos son equivalentes a las que los perversos actúan de modo consciente. 

Supo distinguir por otra parte entre la pulsión -acéfala tal como indica Lacan- y la perversión como tal, puesto que ésta implica necesariamente al sujeto. El perverso no es alguien que se deja arrastrar ciegamente por la fuerza de la pulsión, sino que articula su acto perverso -en ocasiones de modo sutil- para neutralizar un goce que lo apremia.

Desde Freud hasta nuestros días hay varios elementos que han sido considerados por los psicoanalistas para definir la estructura perversa, más allá de su composición en los tipos clínicos particulares, o de la presentación singular de los mismos que puedan tener en el caso por caso. 

1.La madre hace la ley al padre

Sacher Masoch no recibió al nacer el nombre de su padre real sino el de su madre, es decir el del padre de la madre, con la finalidad de perpetuar el noble linaje del mismo. Fue la condición que el padre aceptó al casarse. De esa forma se humilló al permitir la extinción de su nombre. Este hecho condicionó la escena a la que más tarde quedó fijado el niño, y que reiteraría más tarde siendo adulto.

Jugando al escondite se había ocultado en el armario de una habitación, a la que de repente entró su bella tía con un amante. Mientras tenían relaciones sexuales, el marido de la tía abrió la puerta, y ésta le propinó una tunda, echándolo. Lo mismo hizo con Sacher al descubrirlo, lo que provocó el goce del niño. De este modo, siendo la tía y el tío, subrogados de sus padres, Sacher quedó identificado al padre humillado y sometido a la violencia de un Otro materno fálico, lo que es una de las posibles presentaciones de la perversión.  

Así pues, en la perversión la madre elimina al padre en tanto potencial agente de la castración (de ella y del hijo) y deja al sujeto sin la posibilidad de acometer el parricidio al final del Edipo, lo que le impide identificarse con el padre -por la culpabilidad inherente a ese acto- y así tomar su nombre. Esto deja a adormecidos los fantasmas fundamentales y operando como una prolongación de la perversión polimorfa de la infancia, sin tener el valor parricida que toman para los neuróticos en la adolescencia.

Esto tiene dos consecuencias principales, el desafío de la autoridad paterna y la renegación de la castración del Otro materno.

2. El desafío de la autoridad paterna 

Este desafío se extiende a sus posibles subrogados o a los ideales culturales. Esto llevó a Lacan a hablar de padre-versión (père-version). No obstante, cada estructura tiene su propia versión respecto del padre. Tanto en la neurosis, como en la perversión existe el amor al padre, en tanto que salva de la angustia de castración materna, pero en la neurosis el parricidio genera culpa y la toma del nombre, lo que lleva al reconocimiento del padre simbólico, mientras que en la perversión el padre real que habría de introducir la castración simbólica es eliminado por la madre, prevaleciendo entonces la dimensión del padre del goce imaginariamente castrador o sometedor, al que el sujeto se identifica. Desde esta posición construye un padre espiritual al que afrentar, puesto que la transgresión es lo que desencadena su goce. 

El desafío neurótico -histérico, por ejemplo- se diferencia del que caracteriza a la perversión, puesto que no pretende destruir el orden simbólico ni al padre, del que al fin de cuentas espera el reconocimiento.

3. La renegación de la castración del Otro materno.

Utilizo el término de renegación que es el que tradicionalmente hemos hecho servir en castellano, porque a mi juicio se utiliza el término de desmentida en un sentido erróneo. El uso habitual y correcto en castellano es cuando se dice por ejemplo, que los hechos desmienten tal o cual interpretación o hipótesis. Pues bien, lo que ocurre en el tema que nos ocupa es que lo percibido, es decir, el hecho de que la madre no tenga pene, desmiente la premisa universal del pene, o sea la teoría que el niño ha construido, y es sobre esa desmentida que recae la renegación (déni). Se ha producido pues, un deslizamiento semántico que es incorrecto. 

Ahora bien, es cierto que la renegación es un hecho discursivo y no depende necesariamente de lo percibido, pero para que las palabras cobren eficacia, es necesario que se articulen con representaciones. 

Lacan señaló que lo que está en juego es el falo. El falo simbólico φ, designa lo que le falta a la madre, y por ello es el significante del deseo en el registro simbólico, que toma cuerpo en tanto significación fálica en el registro imaginario como (-ϕ). Esto hace posible que el niño pueda venir a ocupar el lugar de esa carencia, en tanto deseado. Pero la identificación con el falo de la madre, genera la angustia de devoración, por lo que la renegación perversa es una forma de responder a la misma.  

Ahora bien, es necesario precisar lo que la especifica como propia de la estructura perversa, puesto que, por una parte, Freud mismo indicó que un sujeto puede utilizar la renegación ante situaciones traumáticas o duelos, y por la otra, Pommier (7) ha señalado que hay renegación de la castración materna, cada vez que se produce la satisfacción de la pulsión, en la medida en que el fin de la misma es identificar el cuerpo del sujeto al falo del Otro. Así pues, lo único que la califica como perversa a nivel estructural, es el hecho de mantenerse en la edad adulta, tal como decía Freud. 

4. La escisión del yo

La renegación mencionada, genera el efecto de que una parte del yo reconozca la falta fálica de la madre (y de las mujeres) mientras que la otra continúe desconociéndola. No obstante, Freud y otros psicoanalistas han mostrado que la escisión del yo es algo que aparece también en las otras estructuras, y son particularmente frecuentes en los sujetos en estado límite. Así pues, no basta, en tanto elemento aislado, para definir la estructura perversa. 

Por otra parte, hay autores que sostienen que esta escisión haría que una parte del yo tuviese un funcionamiento neurótico y la otra un funcionamiento perverso. Tesis difícil de sostener si entendemos que en la perversión no hay represión secundaria. Esto llevaría a pensar que el llamado yo neurótico, es más bien un yo de fachada cuya función es encubrir el modo de goce perverso. En todo caso, parece un punto a debatir. 

5. El fetiche

Ante el hecho traumático que implica descubrir la falta en el Otro, el sujeto perverso entroniza habitualmente un fetiche que tiene la función de velar y revelar al mismo tiempo la castración materna que le horroriza. 

En su vida erótica, todos los seres hablantes se sirven habitualmente de diversos fetiches, para la seducción y la excitación sexual. Son usados por las mujeres para adornar su belleza, simbolizando así su falta, y atraer a los hombres provocando su erección, es decir, de aquello que ellas no tienen, por lo que esos objetos toman entonces un valor fálico. En este caso, el fetiche tiene el valor de (-ϕ), es decir de la función imaginaria del falo simbólico, y su potencia erótica depende del valor de cambio que toma entre el hombre y la mujer. Si una mujer usa un fetiche para seducir, eso la feminiza y produce la erección de un hombre, lo que lo masculiniza porque pone en marcha su deseo de poseer y dominar. Es ese cambio de lugar forzado -aunque sea consentido-, lo que le da el valor erótico.

El perverso, toma esos objetos por el valor erótico que tienen, pero en este caso los fetiches adquieren el valor de un falo imaginario positivado (ϕ), puesto que su función es renegar la falta del Otro materno. De esa manera puede tenerlo y acceder al goce, en lugar de serlo. El tenerlo lo ubica en un lugar de dominio, y esto desencadena su erección.

6. La inconsciencia perversa y la prevalencia de lo imaginario. 

Dado que en la perversión, tal como hemos dicho, no se produce el asesinato simbólico del padre y sus consecuencias simbólicas al final del Edipo, el sujeto toma las insignias y los fetiches del padre del goce, y por ello su elección de objeto está dominada por el amor del hombre y del falo.

Al no haber asesinato simbólico no se lleva a cabo la represión secundaria del mismo ni de su causa incestuosa, por lo que tampoco hay huellas del padre del nombre, que en la neurosis es efecto de la culpabilidad.  

El perverso está a mitad de camino en cuanto a la elaboración del complejo de castración: entre la castración del Otro que él reniega y el padre castrador al que se identifica, con los rasgos de anonimia y apatía violenta que lo caracterizan y que hará padecer a su partenaire, para eludir la propia castración.

De allí que la perversión implique otro tipo de inconsciencia: la propia de un sujeto que se ausenta al actuar, puesto que, al colocar a un semejante en su lugar, cae en el anonimato. 

Al no haber represión secundaria tampoco hay un saber inconsciente referido al Edipo. En todo caso las formaciones de lo inconsciente que aparecen, indican más la ausencia del sujeto cuando la palabra hace acto, que su división subjetiva. 

Esto tiene un efecto: la prevalencia de la metonimia sobre la metáfora, y de lo imaginario, es decir del narcisismo, sobre lo simbólico. De allí, la relación imaginaria con el partenaire y las frecuentes reversiones identificatorias. 

7. ¿Qué empuja al perverso? La sumisión al goce del Otro

Diversos autores han puesto de relieve la potencia de la fuerza pulsional que empuja al sujeto perverso a ejecutar su acto ciegamente, sin que pueda contenerse, sin poder reconocerse en él o incluso cuestionándolo, en muchos casos, a posteriori. Se han barajado diversas hipótesis respecto de una pulsionalidad innata -Bergeret habla de una violencia fundamental anterior a cualquier libido- o viendo en ella una de las primeras manifestaciones de la libido, ya sea en una vertiente sádica o masoquista -lo que es el caso de Klein, Winnicott, Laplanche, etc.- Este último sostiene que es el efecto de un traumatismo generado en la temprana infancia producido por una seducción intensa por parte del adulto seguida de un abandono, una separación violenta, que habría sido reprimida. Esto habría dejado al niño sin el continente para-exitatorio, lo que habría generado un odio -Stoller decía que la perversión es una “forma erótica del odio”- que luego se volcará sobre los semejantes.

El problema radica en saber por qué el sujeto habría quedado fijado así, puesto que la dupla seducción/abandono es demasiado general y no siempre produce ese efecto. La tesis de Bonnet, que sostiene que el perverso necesita vengarse de una seducción e instrumentación vivida en la infancia para sobrevivir, podría verificarse en algunos casos, pero no acaba de explicar el origen del empuje pulsional.

Lacan dio un paso importante al plantear -prolongando a Freud- que perverso está sometido, no al deseo sino al goce del Otro. Su objetivo es anular la barra que recae sobre el Otro, ubicándose él mismo en el lugar del objeto a, de allí que escribiese el matema de la perversión como S(A).

El perverso se encarniza pretendiendo reintroducir el goce en el cuerpo (el Otro es el cuerpo, según Lacan), ya sea en el suyo o en el del partenaire. Pero sus esforzados intentos no pueden desembocar más que en el fracaso, dado que el cuerpo en tanto Otro ha sido vaciado de goce desde el comienzo de la vida por su introducción en el orden significante: el Otro está barrado.     

8.La violencia perversa

La mayoría de los autores subrayan la importancia de las escenas sexuales violentas y traumatizantes vividas de modo pasivo en la infancia, a las que el sujeto ha quedado fijado pulsionalmente, y que luego reiterará de modo activo con un partenaire.

Pommier aporta una explicación de esta violencia. Según él, la renegación de la castración del Otro materno es una necesidad de la existencia. El niño recurre a la masturbación activa para no caer bajo el goce del Otro: trata de tenerlo en lugar de serlo. Así pues, el placer pulsional es, desde el comienzo, perverso y polimorfo. Pero esa liberación produce culpa, por lo que el niño entra desde el inicio en una posición masoquista: sufrir, hacerse castigar, etc., lo que le hace gozar. 

De allí que el sadomasoquismo devenga lo que el autor denomina la envoltura formal de cualquier erotismo y de las perversiones en particular. La entrada en el falicismo se produce entonces bajo la forma de un castigo, empujado por la culpabilidad regida por la angustia de castración de la madre. El niño neurótico preferirá más tarde -para preservar el amor materno- que sea el padre quien tome el papel del fustigador. Pero en las perversiones, como el padre es invalidado por la madre, pueden aparecer otras figuras, como por ejemplo la de una mujer con látigo.

Por mi parte, entiendo que esta posición masoquista del niño, que el autor describe,  de manera pertinente, en realidad es una encarnación secundaria de la violencia mortificante que todos padecemos por nuestra inscripción en lo simbólico, expresada por el fantasma “un niño es pegado”.

A esto hay que agregar que el perverso, tal como ocurre en las psicosis, no tiene a su disposición el exhutorio del parricidio, como modo de simbolizar la pulsión de muerte.

9.La instrumentación de un alter ego

Así pues, el masoquismo primero se invierte posteriormente en sadismo y un alter ego habrá de padecer las consecuencias, evitándole así al perverso, por un lado, los efectos de ser el objeto de goce del Otro, y por el otro, la castración por el padre. 

El partenaire será obligado a cambiar de lugar, hacia una posición pasiva, femenina. El otro ha de ser dominado, forzado para acceder al goce sexual, lo que implica una transgresión. De allí que cualquier transgresión provoque la erección, y eventualmente la descarga orgásmica.

10.El escenario y el goce perverso

El goce del perverso se desencadena a partir de escenarios ritualizados y fijos, que en ocasiones requieren un contrato, y en los que habitualmente hay un tercero, aunque sea implícito, ya sea un ideal o un representante de la ley, que es desafiado o escarnecido. La transgresión es imprescindible, puesto que mediante ella el sujeto busca alcanzar el goce imposible.

El acto perverso, articula las cuatro dimensiones de la pulsión: fuerza, fuente, objeto y  fin, para dar una estructuración fálica, significante, a ese empuje. De este modo, el sujeto puede acceder a un goce que no lo destruye. En el sádico, por ejemplo, la fuente son los brazos o las manos que caen sobre la víctima, pero no sólo eso, puede instrumentar todas las otras fuentes pulsionales con el fin de hacer sufrir. En cuanto al objeto, no se trata sólo de objetos pre-genitales sino del genital mismo con la condición de implicar como fin, el sufrimiento o la humillación del otro, que de este modo ocupa el lugar que él habría tenido como falo del Otro. 

Es un acto en el que se accede al goce sin fantasma, en un escenario que implica el anonimato, puesto que toma un fetiche y se lo impone al partenaire: es el otro el quien ocupa su lugar mientras él se ausenta. No lo es, pero lo tiene, lo que libera un goce culpable, que requiere algún tipo de castigo o de humillación, lo que puede terminar en una eyaculación equivalente a la que puede obtener un neurótico, pero de una forma en la que pierde su subjetividad. El neurótico por el contrario accede al goce orgásmico gracias a un fantasma en el que se juega el parricidio y por ende la nominación que subjetiva.

11. El perverso y los afectos

El sujeto perverso vive su acto en la apatía, poniéndose a distancia e imponiéndole al otro la de-subjetivación. La angustia, la culpa o la vergüenza las traspasa al semejante. Esto hace aparecer al perverso como frío, y no es raro que así describa a sus padres, y en particular a la madre. No obstante, no deja de tener emociones. De hecho, está defendiéndose constantemente respecto de la angustia de despersonalización en la que podría caer por la identificación con el falo del Otro, y la reiteración de su acto, con el que pretende escapar de ella, no hace más que reproducirla por la desubjetivación que implica.

En todo caso, el manejo que hace de sus afectos es particular: los provoca en su semejante, fuera de sí mismo, con el objetivo de recuperarlos de una manera positiva para él. El exhibicionista produce vergüenza en el otro, pero eso genera en él sentimientos de soberbia. El sádico humilla y hace sufrir al semejante, para sentirse omnipotente. Un sentimiento equivalente al que vive el masoquista después de haber angustiado a su víctima. En el pedófilo se produce un sobre-investimiento del niño/a como fetiche -en tanto que justamente representan a nivel social la inocencia y la ternura- pero el afecto es puesto a distancia y confundido con el objeto. Es ese afecto-objeto lo que él quiere consumir, en la medida en que ha carecido del mismo en la infancia.

12. Perversión y perversidad neurótica 

Del polimorfismo perverso del niño se puede pasar a la perversión o la sexualidad genital. En el primer caso no se trata de un cambio de objeto, pero sí del fin sexual. El objeto (fetiche, mirada, voz, dominio, etc.) permanece idéntico a aquel cuyo placer  quedó fijado por la escena traumática. Pero en la pubertad cambia la finalidad, puesto que lo que se impone es la descarga sexual. Entonces, si el autoerotismo se libera, lo hace por forzamiento. Un pedófilo conserva el mismo objeto: el mismo niño que él ha sido. Siendo niño se contentará con tocamientos, pero cuando el fin ha cambiado, puede tomar el sentido de una violación. 

Tal como hemos dicho, Freud sostenía que la renegación de la castración materna es patológica y perversa sólo si se mantiene en la edad adulta, y la perversión se transforma en “adulta” por la inversión sobre el cuerpo de un semejante de un fantasma pasado. El sujeto goza genitalmente como el adulto, pero únicamente por la vía de los placeres preliminares pulsionales, es decir, como un niño.

Por el contrario, cuando la represión de las pulsiones por el fantasma juega su papel, la perversión polimorfa pierde su finalidad: es decir, el goce trans-genérico del falo. El goce se desplaza sobre otra escena: la del deseo entre lo masculino y lo femenino. El falo deviene entonces lo que está en juego en entre un hombre y una mujer. La pulsión guarda en todo caso, sus derechos durante el tiempo del dominio, a título preliminar, lo que da lugar a la perversidad neurótica.

De tal manera, reaparece cada vez que el fantasma amoroso falta o pierde su potencia. El fantasma amoroso recubre las reivindicaciones de los otros fantasmas (seducción, escena primitiva) y vela aquello sobre lo que se apoya, es decir su dimensión parricida. Cuando falla los otros fantasmas hacen posible acceder al orgasmo al precio de una transgresión que tiene el valor de un parricidio: es la perversidad neurótica, que no deja de producir una culpabilidad latente.

13. ¿Qué clasificación para las perversiones?

Lacan hizo una primera clasificación de las perversiones en función del fetiche y de la identificación. Distinguió entre las perversiones que están delante del velo y aquellas que están detrás del velo fálico.

En las primeras, el velo oculta y revela la castración materna. En el fetichismo, el falo se desplaza sobre el pie, el zapato, la cabellera, etc. En el masoquismo el Otro detenta el látigo fálico. El voyeur quiere sorprender al Otro en su intimidad y su pudor, gracias a la hendidura (cerradura, postigo, etc.). El es esa hendidura, esa fisura en el velo, y lo que el Otro deja ver -sin saberlo- es lo que le permite negar la falta fálica. En la homosexualidad femenina, lo que la joven homosexual desea en la Dama, está más allá de la mujer amada: es lo que le falta, es decir el falo simbólico, y la perversión consiste en este caso en velarla con el hijo en tanto imagen fálica (en su pasaje al acto, ella se identifica con el niño-falo).

En las segundas, el sujeto se identifica con el Otro materno fálico. Es el caso del travestismo, cuyo objetivo es causar la sorpresa y la angustia en el otro masculino, y del exhibicionismo, donde el impermeable, lo muestra con claridad. El exhibicionista pretende revelar al Otro femenino lo que no tiene, para provocar así su vergüenza. En el sadismo, el bastón, el cayado, etc. representa a la madre que lleva los pantalones. El homosexual masculino busca el falo fetichizado en el partenaire, en tanto que él está identificado a la madre.

Años más tarde, las clasificó en función de cómo el perverso intenta completar al Otro en tanto objeto a. Así, el voyeur interroga lo que le falta al Otro femenino, dándole un suplemento con su propia mirada. El sádico en cambio le da su voz: él mismo se erige mediante ella en el instrumento suplementario que él imagina necesario para el goce del Otro. En cambio, el exhibicionista busca la mirada cómplice del Otro, en tanto complemento, de modo similar al masoquista que se somete para que aparezca la voz imperativa del Otro.

Como se puede apreciar, el masoquismo no es lo inverso del sadismo, como tampoco lo es, el exhibicionismo del voyeurismo.  

Esta nueva clasificación desplaza los acentos. Así, el sádico que en la primera aparece identificado al Otro materno fálico (bastón, etc.), en la segunda suplementa al Otro dándole voz: él mismo, es el instrumento de la violencia del Otro. El masoquista que en la primera da al Otro el látigo fálico, en la segunda intenta hacer aparecer la voz del Otro. El voyeur, que en la primera era la hendidura en el velo, ahora  suplementa al Otro con su mirada, mientras que el exhibicionista que antes aparecía pretendiendo mostrar al Otro femenino lo que no tiene, ahora resulta buscando la mirada cómplice de ese Otro como complemento.

En las dos clasificaciones el objetivo es el mismo: que el Otro no esté castrado. No obstante, no es lo mismo estar del lado del Otro, que del lado del instrumento fálico, y tampoco es lo mismo la voz que el látigo, aunque ambos puedan estar implicados en la operación. No es igual, ser la hendidura que ser una mirada, y tampoco es igual querer provocar la vergüenza en el Otro femenino, que buscar su mirada cómplice, aunque de esa complicidad pueda derivarse justamente la vergüenza.

Todo esto merece pues una revisión y precisiones que a mi entender aún están por hacerse. Quizás sea útil en este sentido la idea de Bonnet de que el perverso puede servirse de diferentes fuentes pulsionales, a veces complementarias, en su instrumentación del partenaire.

Para terminar, me parece necesario abrir un debate respecto del término mismo de perversión para designar a esta estructura psíquica. Que el niño sea un “perverso polimorfo” y que la neurosis implique fantasmas perversos, no alivia a quienes denominamos perversos de la carga de maldad que la palabra tiene a nivel social. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la mayoría de estos sujetos no son realmente peligrosos. 

Texto leído en la Jornada de la Fondation Européenne pour la Psychanalyse en Madrid, en mayo de 2015.

Bibliografía

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Fetichismo, Sigmund Freud, 1927, éd. Amorrortu.

La escisión del yo en el proceso defensivo, Sigmund Freud, 1940, éd. Amorrortu

Que veut dire “faire” l’amour. Gérard Pommier, 2010, éd. Flammarion.

Séminaire des relations d’objet, Jacques Lacan, 1956, éd. Du Seuil.  

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La otra escena. Claves de lo imaginario, Octave Mannoni,1969, éd. Amorrortu. 

Psicosis, perversión y neurosis. La lectura de Jacques Lacan, 2000, Philippe Julien, éd. Amorrortu.       

L’amour à l’envers, Gérard Pommier, 1995, éd. Puf.

La perversion. Se venger pour survivre, Gérard Bonnet, 2008, éd. Puf.

Séminaire La logique du fantasme, Jacques Lacan, 1967, version Association Lacanienne Internationale.

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Séminaire D’un Autre à l’autre, Jacques Lacan, 19.., éd. Du Seuil