Las Fobias en la Actualidad

Junio de 2020

Las clínicas psiquiátrica y psicoanalítica distinguen diversos tipos de fobias:

  1. las de situación, entre las que se pueden incluir las fobias de impulsión (vértigo ante el vacío), la agorafobia, la claustrofobia y las fobias de locomoción,
  2. las de objeto: entre que destacan las zoofobias (a insectos y animales).
  3. las propias de la adolescencia: eritrofobia, dismorfobia, etc.
  4. las fobias sociales
  5. el carácter fobico (o trastorno de personalidad por evitación)

Además, se ha utilizado el término de fobia de una forma abusiva para describir ciertos fenómenos como la xantofobia (al color amarillo) o la turofobia (al queso), por solo citar algunos, que se pueden incluir perfectamente entre las de situación u objeto, dado que el síntoma fóbico depende de un significante de elección en función de una situación traumática.

También se ha aplicado de modo erróneo para describir conductas sociales como es el caso de la homofobia. Hay que decir que el sujeto fóbico evita la situación o el objeto fobígeno.  Huye de él, no lo ataca, como es el caso de los sujetos que sienten horror ante la homosexualidad. Lo que en realidad temen los hombres y mujeres que rechazan la homosexualidad, es la propia feminidad.

La fobia y el espacio

Lo que se puede apreciar es que las fobias tienen que ver con la relación del sujeto en el espacio, es decir con la proyección imaginaria del Otro en el espacio.

Todo sujeto se inscribe en el campo del Otro mediante un significante que lo representa, aquel que tiene las claves de su deseo. Por lo tanto, el espacio mismo toma el valor de un campo de deseo.

Esa relación con el espacio es evidente en las fobias de situación.

En las fobias de impulsión, el vacío o un espacio sin parapetos o referencias parecen aspirar al sujeto. Hay quienes temen utilizar el coche porque han vivido episodios en los que, conduciendo, las señalizaciones de la autopista desaparecen y tienen miedo de estrellarse. En otros casos, se trata del vértigo ante el vacío en un balcón o una altura.

Algo semejante ocurre en la agorafobia en la que el sujeto tiene miedo a perderse en un espacio sin referencias (una plaza, un campo, o incluso un supermercado donde hay una multitud). En todos esos casos, falta algo que le permita sostener su subjetividad, su diferencia.

Aunque parezca que se trata de lo inverso, en la claustrofobia en las que el temor es a quedarse encerrado (en un ascensor, en una habitación, en un medio de locomoción, etc.) o en las fobias de locomoción (temor a subirse a un coche, tren, avión, etc.) se trata de la misma angustia de despersonalización: quedarse atrapado en una medio o situación en la que el sujeto está a merced del Otro, sin poder controlar nada y por ende, morir. No como viviente tal como suele imaginar conscientemente, sino como sujeto.

De hecho, la angustia ante la oscuridad y la soledad que experimentan los niños pequeños, ponen de manifiesto esa falta de referencias que dejan al sujeto ante el Otro materno. Los monstruos que vienen a poblarlas no hacen más que expresarlo, empujándolos hacia el lecho parental, a reclamar

                                                                                                                                                            2

compañía o una luz encendida. Lo que muestra que el contacto con la madre real tiene una función paraexcitante, a diferencia del Otro transgeneracional con el que el niño/a la inviste y teme.                                                                                                                                              

Es menos evidente en las fobias de objeto como las zoofobias, pero en éstas lo que genera temor es la imprevisibilidad de un insecto o un animal que se acerca demasiado, a tal punto que el espacio

podría quedar reducido a nada, y quedar así a merced del agresor.

En todos los casos, se trata de la carencia de referencias simbólicas que permitan mantener la separación adecuada entre el sujeto y el Otro.

De allí que el sujeto fóbico mida siempre las distancias, que mire antes de entrar en cualquier ámbito o escenario, y que calcule lo que allí puede ocurrir, manteniendo lo que Lacan llamó un deseo prevenido en relación a cualquier compromiso con los otros.

La fobia, el Edipo y la castración

Llegado el momento de la fase fálica en la que se decide sobre la diferencia de los sexos, el sujeto ha de optar entre dos objetos: o bien el fetiche que vela y revela la carencia en el Otro materno y le permite renegar de la misma prefigurando la perversión, o bien el objeto fóbico que orienta al sujeto hacia las neurosis.

Lacan sostuvo que la fobia es como una placa giratoria que puede derivar en una neurosis histérica u  obsesiva según predomine la fantasía fundamental de seducción o de escena primitiva como resto de la resolución del Edipo. Esta resolución depende de la toma del nombre por parte del sujeto. Cuando ello no ocurre, el destino es la neurosis, la perversión o la psicosis.

Las fobias de la infancia están aún más acá de la toma del nombre, y por ello también pueden aparecer incluídas en cualquier estructura: las neurosis, las perversiones o las psicosis. Muchos de los pacientes considerados “borderline” presentan síntomas fóbicos.

El sujeto fóbico, sea varón o niña, se encuentra entre un espacio que puede devorar (el Otro materno) y la función del padre real que permite separarse de la madre, pero amenaza con la castración y/o sodomización, es decir, con la feminización. Está entonces entre la angustia de devoración y/o despersonalización y la angustia de castración, es decir, entre lo que concierne a la represión primordial y la represión secundaria, tal como G. Pommier lo plantea con claridad (1).

Las fobias de situación se pueden relacionar con el Otro materno: es la angustia ante un Otro que puede devorar o anular al sujeto, en la medida en que éste podría quedar identificado al falo de la madre, es decir, perderse en el vacío dado que el falo es algo de lo que ella carece.

Las fobias de objeto en cambio remiten a la angustia de castración por el padre. El objeto fobígeno viene como símbolo al lugar de un padre carente en cuanto a privar a la madre, para sustituirlo en su función castradora. Las fobias de la adolescencia testimonian de esa angustia ante la castración por el padre.

El sujeto fóbico evita tanto los espacios en que podría ser devorado por la madre, como los objetos que puedan evocar a un padre castrador. Y utiliza diversos objetos contra-fóbicos tanto para atravesar los primeros como para protegerse de los segundos: un coche enorme, un mastín, un arma, una pareja, un amigo/a o un familiar. Quedarse protegido en casa, es un recurso habitual, en mayor o menor grado.

En algunos casos, en lugar de huir del objeto temido, toma una actitud contrafóbica yendo sin pensar hacia él en una fuga hacia delante pasando al acto con el deseo de superar sus temores. No pocos héroes lo son por tomar esa decisión para superar la angustia.

                                                                                                                                                             3

Las fobias sociales y los caracteres fóbicos                                                                                                                                                        

En ocasiones ambos se entrelazan.

Se trata de sujetos que temen las relaciones sociales, ya sean escolares, de trabajo, de amistad o de                                                                                                                                      

pareja. En ocasiones pueden derivar en ataques de pánico, cuando la situación (un ámbito multitudinario, por ejemplo) genera la angustia despersonalización.

Hay niños que temen esa despersonalización y evitan ir a la escuela. No se trata de la angustia de separación que afecta a algunos; es algo mucho más angustioso: no poder sostenerse como sujeto en el vínculo con los adultos o semejantes.

Hay adolescentes o adultos que temen encontrarse delante de una situación de examen de cualquier tipo -incluída la vida sexual o amorosa- por parte de los otros. Les angustia la crítica o el ridículo posible. En este caso, lo que predomina es la angustia de castración referida a un personaje paterno.

Estas fobias sociales pueden transformarse en egosintónicas, y por ello en un carácter fóbico que tiende a la evitación y el aislamiento, un modo de funcionamiento que racionalizado, es vivido como una forma de ser sin cuestionarse nada.

En las neurosis histérica u obsesiva, estas fobias sociales toman a menudo la forma de inhibiciones en el lazo social, con lo que se articulan con fantasías agresivas y conflictos diversos. La hostilidad, proyectada a menudo en los demás para justificar la propia, es un rasgo habitual del sujeto fóbico.

Algo semejante ocurre con las fobias de contaminación o infección, que, como la eritrofobia o la dismorfofobia, se integran en las dos neurosis en relación a la culpa (por las fantasías parricidas) y la angustia de castración.

La fobia y los síntomas

Hay una relación de exclusión entre ambos que es importante subrayar, aunque los dos pueden aparecer en un mismo sujeto.

Los síntomas histéricos u obsesivos anclan al sujeto a su cuerpo, en la medida en que condensan el retorno de lo reprimido (y el goce concomitante) con la punición que permite pagar la culpa. En ese sentido, se producen en el campo interno del sujeto. Las fobias en cambio tienen que ver con el afuera: ocurren en el espacio exterior al sujeto.

Pommier (2) plantea que esto se debe la fantasía de seducción paterna, que opera en ambas neurosis, y que tiene la característica de ser subjetiva y objetiva. Hay casos y momentos en que el sujeto no sabe si la seducción paterna es sólo una fantasía suya o se trata algo real. Cuando la seducción se limita al campo de la fantasía, los síntomas vienen a expurgar la culpa del sujeto. Por el contrario, cuando la seducción es real (en mayor o menor grado) es la fobia la que responde: el sujeto evita o huye ante un perseguidor externo…ausentándose de cualquier responsabilidad.

Cabe tener presente que a la hora del complejo de castración el sujeto ha de elegir entre el fetiche (el camino de la perversión) o el objeto fóbico (el camino de la neurosis). Pero tanto el perverso como el fóbico tienen la característica común, aunque bajo diferente forma, de ausentarse del acto. El perverso ejecuta su acto y no está en él como sujeto, mientras que el fóbico evita el acto…y por ende tampoco está en él. 

Lo que este autor indica es particularmente útil tanto en la clínica de niños y adolescentes, como de adultos. Pero también puede servir para reflexionar sobre lo que sucede en la polis en la actualidad, puesto que no sólo hay una cierta promoción de la perversión y/o de la perversidad neurótica, sino que también hay muchos funcionamientos fóbicos.

                                                                                                                                                              4

La fobia en la contemporaneidad

Mucho se ha escrito a partir de la escritura del discurso capitalista por parte de Lacan. Algunos autores con los que coincido han apuntado al carácter maníaco de dicho discurso, que en realidad no es tal en el sentido estricto que indicó el mismo Lacan, puesto que rompe con el lazo social que los otros discursos implican. El empuje al goce que promueve es el resultado de una seducción generalizada, promovida en particular mediante los medios de comunicación. La sociedad de consumo se basa en un sistema financiero que seduce con el mensaje: “compre ahora y pague después”. La deuda pública y privada del planeta está desbocada y las monedas no tienen ningún sustento real. 

La deuda simbólica se ha ido transformando en deudas reales que afectan a los ciudadanos y a los países. El sistema neocapitalista en el que vivimos que promueve una permanente fuga hacia delante es claramente maníaco. Tal como Piketty y otros han demostrado, las desigualdades socioeconómicas han aumentado exponencialmente, y empujan a la pobreza y la marginalidad a millones de personas, ya no solo en los países del tercer y cuarto mundo, sino en los países centrales.

Si tenemos en cuenta la precisión que hace Pommier sobre el empuje a la fobia que genera un exceso de seducción real por parte del padre, es posible pensar que algo de este orden está ocurriendo en nuestras sociedades de manera más o menos generalizada.

Los padres y las madres suelen verse desbordados por las demandas de los niños y adolescentes acostumbrados a un consumismo del que ellos mismos participan y promueven. Decir que no, parece cada vez más difícil para ellos y de esa forma la seducción se relanza.

Un hecho social relevante propio del mundo en que vivimos es la pregnancia que han tomado los videojuegos. Padres, profesores y pedagogos se lamentan del tiempo que los niños y adolescentes les dedican.  No es exclusivo de ellos, puesto que muchos individuos (principalmente hombres) en edad adulta, también los utilizan. Se hacen todo tipo de recomendaciones al respecto, pero quizás no se tiene suficientemente en cuenta el trasfondo de la cuestión.

Se trata de una forma de evasión, sin duda. El sujeto, al entrar en ese mundo virtual evita el encuentro con lo real de los acontecimientos efectivos de la vida, la confrontación con el deseo de los otros en la medida en que dicho deseo angustia. Incluso si el juego es compartido con otros, ese deseo permanece virtual. Se trata del goce repetitivo de una fantasía que no tiene consecuencias reales.

La mayoría de esos videojuegos que tanto goce producen, consisten en distintas formas de defenderse y eliminar monstruos que podrían destruir, matar o castrar al sujeto.

Por lo tanto, son una puesta en escena del fantasma de asesinato del padre del goce, y detrás de él de la madre fálica: los dos perseguidores edípicos.

En ese sentido no se distingue de otras formas lúdicas de hacerlo, tal como antes hacían los niños y adolescentes de otras épocas. Las ficciones han cambiado, pero la operación fantasmática sigue siendo la misma. Sin embargo, no es lo mismo jugar encerrado en la propia habitación que jugar o hacer deporte en contacto con los semejantes. De esta forma, el deseo del otro es evitado. Tanto como son evitadas las actividades que requieren ser responsable como los estudios, el trabajo, o la relación social con los otros.

Mientras que las actividades permiten tomar el nombre y simbolizar la deuda por el asesinato del padre, los videojuegos mantienen al sujeto en una realización imaginaria de dicho fantasma, que se repite de modo neurótico sin salida.                                                                                                           

                                                                                                                                                              5

En todas las sociedades hay sujetos marginales. No todos ellos son sujetos fóbicos, pero hay muchos que sí lo son.

Una cosa es una posición de crítica y el intento de transformación social para levantar la represión social, y otra instalarse en la marginalidad como forma de defensa contra la castración.

La oposición pasiva o activa a las reglas de juego sociales -muchas veces de forma reactiva y sin un                                                                                                                                                              

proyecto político definido-, el residir okupando viviendas, o la afección a las drogas que facilitan la evasión, forma parte de un trayecto que suele haber comenzado en la familia y la escuela, y más tarde se traslada al campo laboral y social.                                       

Participar del lazo social implica la toma del nombre, el parricidio simbólico que hace posible sostener un lugar en la sociedad. No basta con que el nombre haya sido dado. Es necesario que el sujeto lo tome mediante sus actos.

Son las obras en nombre propio las que permiten pagar la deuda con el padre que se mata al final del Edipo. Algo que se ha de prolongar no sólo en la latencia y la adolescencia, sino también en la vida adulta.

En ocasiones, la adolescencia se prolonga en exceso demorando la entrada en la adultez mediante un proyecto propio. De allí que el sujeto se vea arrastrado a un funcionamiento fóbico en muchos casos, buscando un abrigo temporal en algún grupo que protesta, aunque no tenga ninguna actividad transformadora real. Por ello, muchos adolescentes quedan entre la angustia de no ser nada (identificación al falo materno) y la angustia de castración por el padre (representado en este caso por los amos políticos y sociales de turno).

En nuestras sociedades las relaciones sociales, amorosas o sexuales han ido tomando, tal como sostienen algunos autores, un carácter “líquido”. Por un tiempo, a veces breve, y sin demasiados compromisos. Estos se postergan a veces ad infinitum, y entre ellos, la paternidad o la maternidad. Y cuando se tienen hijos, suele ocurrir que su crianza y cuidado es delegado en los abuelos. La adolescencia prolongada se instaura así, como neurosis infantil.

Esta transformación histórica y social también ha afectado al psicoanálisis.

Entre quienes se acercan a formarse son una minoría los que están dispuestos a asumir el compromiso a largo plazo que representa analizarse, estudiar y supervisar los casos. Muchos buscan diplomas que les permitan instalarse rápidamente. 

Las supervisiones suelen tomar el cariz de consultar por las urgencias que el analizante le plantea al analista, y pocos son los que supervisan un par de casos de manera continuada para captar lo que sucede en la diacronía del lazo analítico. 

Por lo demás, los analizantes que consultan rara vez están dispuestos a aceptar dos o tres sesiones por semana y muchos análisis se interrumpen después de un período relativamente breve.

Todo esto pone de manifiesto un funcionamiento evitativo, que en parte se comprende si tenemos en cuenta que un análisis conduce a confrontarse con la carencia del Otro, y por ende con la propia. Pero a ello se agrega la transformación histórico-cultural que vivimos.

La angustia como sinthoma

Como mostró Lacan, la angustia pone de manifiesto la emergencia de lo real, es decir del goce. 

Tal como hemos comentado más arriba, uno o varios síntomas fóbicos pueden transformarse más tarde en algo egosintónico: bajor la forma de rasgos de carácter de tipo evitativo. Tanto esto como los objetos contrafóbicos suelen tener una función estabilizadora para el sujeto, aunque ello tenga en ocasiones un alto costo subjetivo. 

                                                                                                                                                              6

Mientras el sujeto se encuentra, por una parte, entre la angustia de ser devorado por la madre (y por ende el pánico y la despersonalización), y la angustia de castración por el padre por la otra, puede recurrir a uno o más objetos fóbicos que a veces representan simbólicamente de modo diferenciado a uno o al otro progenitor, y en ocasiones de modo condensado a los dos como en el caso Juanito (Freud). En ese caso, dado que la función castradora del padre real no operaba, el niño tuvo que recurrir a inventarse un caballo que lo podía morder. Aquí la fobia, aunque diferente al síntoma tal como hemos visto antes, es equivalente a la función de goce y punición que éste último implica.

Lacan planteó al final del seminario R.S.I. que la angustia puede operar como un cuarto redondel que permite anudar los tres registros, tanto como el síntoma o la inhibición. Resulta difícil pensar la angustia cumpliendo esa función de nominación.

No obstante, un sujeto puede nombrarse, aunque sea de modo alienado, como agorafóbico o tímido para identificar su ser a partir de una identificación. 

En esos casos la angustia está siempre presente y el sujeto utiliza medidas de protección para calmarse como aislarse en casa, evitar el contacto social o recurrir a objetos contrafóbicos.

Ser la mujer del Sr. Tal o el hombre de la Sra. Cual es una solución habitual para muchas parejas. 

Así, tanto la angustia como el carácter fóbico con sus conductas evitativas y/o los objetos contra-fóbicos, son defensas que forman parte de la función sinthome. 

Cabe subrayar que es algo muy diferente de la toma del nombre que el sujeto puede efectuar a partir del final del Edipo que implica el asesinato simbólico del padre, con la culpa consiguiente. Una culpa que ha de pagar mediante los actos que efectúe en nombre propio, lo que le permite al mismo tiempo, en la vertiente del amor, honrar al padre. El sujeto fóbico, permanece más acá de esa operación, aunque en ocasiones puede concretar ciertas realizaciones -tener hijos, por ejemplo- gracias a un sinthome como el mencionado.

Bibliografía:

  1. Gérard Pommier, Del monstruo fóbico al Tótem, y del Tótem al Nombre del Padre, en este mismo volumen de Trauma 8, Ediciones del Serbal. Traducción: Graziella Baravalle.
  2. Ibidem.

Texto publicado en la Revista Trauma, Estudios de clínica psicoanalítica, nº 8. 2020. Barcelona. Ediciones del Serbal