La soledad amurallada

El sujeto que padece una neurosis obsesiva, sea hombre o mujer, suele lamentarse del aislamiento y la soledad que siente respecto de sus semejantes. Algo que también manifiesta con frecuencia en la transferencia. No suele captar que él mismo ha ido produciendo ese efecto dadas sus dificultades en cuanto a expresar su deseo, su amor, y sus afectos en general.

Esas inhibiciones se articulan con las defensas secundarias: negación, control, racionalización, formación reactiva, anulación y aislamiento, que tienen la función de mantener sus pulsiones sádico-anales alejadas de la consciencia.

La consecuencia es un yo aparentemente fuerte, amurallado respecto de cualquier emergencia del deseo respecto de sus semejantes, aquellos cuyo deseo intenta neutralizar para eludir la castración que éste implica, mortificándolo. Su soledad no es más que el resultado de esa muralla.

Un analizante solía sentirse muy angustiado al sentir dolores precordiales…cuando llegaba por la noche a su casa. En una ocasión pudo constatar, después de haber tenido relaciones sexuales con su mujer, que la angustia desaparecía por completo. Al invitarle a analizar este descubrimiento terapéutico, asoció que lo que él procuraba en el acto sexual es satisfacer a su pareja -a quien ama- antes que a sí mismo, cosa que por otra parte casi siempre conseguía. Le indiqué que tal vez el hecho de pensar en el otro y no en sí mismo como es habitual, era clave para la desaparición de la angustia. Se quedó pensando un momento y me dijo que su mujer le decía exactamente eso: que sólo pensaba en él y en sus padecimientos.

Creo que esta viñeta clínica ilustra con claridad la dificultad que tiene el sujeto obsesivo para dirigir su libido hacia el semejante (el objeto según Freud), en lugar de hacerlo hacia sus fantasías. Eso que Freud denominaba “la introversión de la libido” del neurótico. Esto podría parecer contradictorio con lo que se conoce como la oblatividad de los obsesivos, que tienden a confundir, como todos los neuróticos, su deseo con la demanda del Otro. Pero cabe recordar por el contrario, que suelen ser bastante tacaños, y que hay que poner entre comillas su eventual oblatividad, porque tal como Freud nos enseñó, esta suele encubrir un deseo sádico de dominio del otro, y la culpabilidad consiguiente.

Ahora bien, ¿qué es lo que ocasiona esta tendencia a la introversión de la libido hacia el fantasma? No hay que ir muy lejos: la angustia de castración, por parte del padre imaginario, que es el que amenaza con ella. 

El analizante que he mencionado, solÍa tener pesadillas o fantasías en las que acababa perdiendo algo muy valorado por él, luego de haber fantaseado o efectuado alguna transgresión. La transgresión como se sabe, tiene la doble cara del anhelo parricida y el deseo incestuoso. La retorsión por parte del padre imaginario, es inevitable. En ocasiones, su propia mujer aparecía como portadora del rasgo del padre interdictor, y por ello no le hacía caso. En otras, en cambio, era él quien le quitaba la mujer a otro hombre. La angustia o las fantasías de castración, eran el efecto inmediato.

Freud indicaba que al final del complejo de Edipo, el niño elige someterse al Superyó paterno, renunciando a la madre, justamente para preservar su narcisismo, es decir para mantenerse más acá de la angustia de castración. Si este sujeto, insiste repetitivamente en ir más allá, creando realmente o imaginando escenarios en los que al final será castrado, instalándose en un goce masoquista (versión neurótica), cabe remitirse al fantasma de “Un niño es pegado”, cuyo segundo tiempo, radicalmente inconsciente, el sujeto ha de poder construir, reconociendo si llega hasta allí, que su designio invertido, es el de ser amado por el padre…como los otros hermanos.  

En otras palabras, que la habitual y constante agresividad del sujeto obsesivo -en la vida y en la transferencia- que apunta a mortificar el deseo de los otros, para que éste no active su propio deseo (su propia castración), no es más que una forma invertida de apelar al Amor por el padre. Es lo que se conoce  púdicamente, como la ambivalencia del sujeto obsesivo.

Algunos rasgos típicos del Complejo de Edipo

Motivos no le faltan al sujeto obsesivo para haberse amurallado de esa forma, confrontado como ha estado durante su niñez a algo que se puede generalizar: la demanda de una madre que se ha ocupado particularmente de su cuerpo, de su higiene, de su orden, de sus movimientos, de su imagen, de sus hábitos, de sus estudios, y en particular, de sus impulsos sexuales y agresivos.

Dicho de otra forma, de la demanda de un Otro materno que ha pretendido controlarlo promoviéndole un yo-ideal (imagen especular) revestido de pureza, en función de su propio Ideal del yo. Este tipo de madre suele rechazar todo lo que pueda aparecer como sucio y desordenado. Tal como indica G. Pommier (1), suele sentir asco -en mayor o menor medida- respecto de la vida sexual con su hombre, el padre del sujeto. Ella se defiende del deseo del hombre, ubicando al hijo o hija entre él y ella, es decir, en su propio lugar en relación al padre, posición que lo feminiza. Esta constelación edípica habitual conforma su fantasma. 

El fantasma de escena primitiva

Lacan ha dado algunas indicaciones respecto de la generalidad del fantasma neurótico. El mathema ($ ◊ D) o los dos toros entrelazados -que se pueden articular en términos de nudos, como un enlace de dos anillos- escriben la alienación del deseo del sujeto neurótico a la demanda del Otro.

En el caso del obsesivo, el objeto de la demanda del Otro y por ende de la pulsión en cuestión, es el objeto anal, en su vertiente retentiva. Por otra parte, esta articulación puede ser sintetizada en una frase con valor axiomático -singular para cada cual- que el sujeto puede llegar a construir a partir de las repeticiones que haya podido analizar.

No obstante, dado que en las neurosis obsesivas, se trata del fantasma fundamental -post-edípico- en el que el padre imaginario tiene una función castradora o sodomizante, hay un circuito fantasmático imaginario y cíclico que el sujeto recorre, pasando de una secuencia a otra, sin saberlo -inconscientemente-. (2)

                                                

Entre una madre controladora de la limpieza y el orden, que lo ubica en su propio lugar en relación al padre, y un padre amado por separarlo de ella -pero odiado porque lo somete- el sujeto obsesivo intenta mantenerse a distancia de ambos amurallándose en su yo “fuerte” desde el que observa y escucha los malentendidos de esa pareja parental, intentando cernir lo imposible de la relación sexual, que el sujeto imagina como un coito anal sádico, o en otras palabras, como un sometimiento de la madre al padre.

Es lo que se conoce como su fantasma de escena primitiva, que estructura su deseo como imposible de realizar. 

Una imposibilidad muy diferente de lo real imposible de escribir/inscribir la relación sexual. Justamente, si el obsesivo se plantea sus realizaciones como imaginariamente imposibles es para no confrontarse con los efectos del acto en general y sexual en particular, que no son otros que verse ante ese real imposible de escribir. En otras palabras, para no asumir la castración de estructura.

El circuito imaginario de dicho fantasma, general para las neurosis, se orienta vectorializado siempre en el mismo sentido. La 1ª secuencia es la del asesinato del padre imaginario, que desemboca en la 2ª secuencia: el goce del Otro materno. El efecto de ello, es la 3ª secuencia: la identificación del sujeto con el falo faltante de la madre.

Para gozar de la madre, es necesario eliminar el obstáculo que representa el padre que amenaza con la castración/sodomización para identificarse con él. Pero gozar incestuosamente del Otro materno, no puede tener otro resultado lógico, que transformarse en el objeto de la falta del Otro, con lo cual el sujeto queda anulado como tal. De allí la angustia de despersonalización que genera esta posición.

Dado que no es algo soportable por mucho tiempo, el sujeto re-emprende habitualmente su actividad, que implica intentar el asesinato del padre.  

Ahora bien ¿cuáles son las particularidades de este circuito en cuanto a la escena primitiva de los obsesivos?

Como es sabido, el pensamiento obsesivo plantea biparticiones constantemente. Su síntoma mayor que es la duda es efecto de esta posición de observación (mirada) y/o escucha (voz) de lo que acontece en la pareja parental. Cuanto más duda -en cuanto a tomar una decisión para pasar al acto- menos existe como sujeto, y por ende más padece la angustia de despersonalización propia de la 3ª secuencia mencionada. De allí que en estas ocasiones su pregunta pueda ser: ¿estoy vivo o muerto? Duda que traduce ese sentimiento de inexistencia.

Si el deseo del obsesivo tiene ese carácter de imposible de realizar, es decir de pasar al acto, es porque el paso en cuestión concierne a la 1ª secuencia: el asesinato del padre.

Justamente se bloquea ante este movimiento progresivo que le permitiría separarse del padre imaginario, y por ello queda encallado entre el padre y la madre -cosa común a todos los neuróticos, pero con la particularidad de sus fijaciones pulsionales, su fantasma y sus defensas.-

Si el Hombre de las ratas colocaba una piedra para que el carruaje de su amada descarrilara y ella sufriese un accidente mortal, anulando ese acto a continuación, es porque ella estaba en el lugar del Ideal paterno, y por ende como interdictora. 

Una analizante de cuya cura me ocupé hace años, sufría por una obsesión que le asaltaba con frecuencia mientras cocinaba: al ver un cuchillo temía matar a su marido, o al hijo de ambos. Estaba claro que el deseo era matar al padre, puesto que el esposo le aparecía en ocasiones investido de esa dimensión, y el filicidio comporta lógicamente la desaparición de un padre. Cuando pudo leer simbólicamente las cosas en este sentido, y relacionarlo con sus tendencias al sometimiento -y la agresividad que ello le producía, por no expresar lo que le gustaba o no le gustaba-, esas obsesiones desaparecieron.

Las obsesiones son justamente un acto que el sujeto desea llevar a cabo y que en cambio posterga  o inhibe -en el caso recién mencionado debido a la violencia imaginaria y la culpabilidad concomitante-. Así pues las obsesiones, las postergaciones o inhibiciones en tanto síntomas, se relacionan con la 1ª secuencia del fantasma, y corresponden a la angustia de castración/sodomización que vive el sujeto, como posible retaliación del padre que se desea matar. 

No obstante, los obsesivos tienen como rasgo de carácter su tenacidad, y evidentemente son capaces -unos más que otros- de pasar a la acción en la vida sexual y social, lo que les permite salir de esa soledad amurallada en la que suelen refugiarse.

El problema es que en muchas ocasiones, esos actos tienen un marcado carácter parricida o incestuoso, endogámicos, orientados hacia el goce del Otro materno, y no a un partenaire del Otro sexo.

Un analizante se quejaba de sentir un velo que le impedía pasar a la acción sus deseos en el campo laboral o de pareja. En cuanto a esto último, su deseo estaba focalizado en una mujer con hijos (una madre) que tenía su pareja. Ella jugaba seductoramente con él, y él solía fantasear y masturbarse con ella, pero era incapaz de dar un paso.  

La imposibilidad imaginaria de realización del deseo, les lleva a fantasear y masturbarse con escenas en las que triunfan sobre algún representante paterno, gozando de algún sustituto de la madre, lo que los conduce a los efectos de la 2ª secuencia: la pasivización feminizante. Sin captarlo conscientemente, el sujeto queda colocado en el lugar de la madre…de una madre de la que el padre gozaría sodomizándola. 

Habíamos comentado que la madre coloca al sujeto en su lugar en relación al padre, para esquivar la castración que para ella representa el deseo de su hombre. El sujeto obsesivo queda entonces, sacrificialmente fijado a esa posición de sometimiento…y de retención anal del falo paterno.

El sujeto suele desconocer que cuando está viendo una escena pornográfica con la que se masturba, en la que puede identificarse conscientemente con el hombre, de hecho está identificado inconscientemente con la mujer (3). Si en lugar de desear una madre, pudiera desear a una mujer (exogamia), no temería ser penetrado por un hombre con un rasgo paterno, que es justamente lo que le hace frenarse antes de actuar.

En la cura, mientras que la secuencia del asesinato del padre, implica una posición activa de su parte, y un cierto estado de euforización a pesar de los conflictos y la angustia de castración que ello comporta (hay apertura de lo inconsciente), la secuencia del goce de la madre, lo pasiviza y deprime haciendo que se presente entonces como no deseante y abúlico (hay cierre de lo inconsciente). El paciente retiene las asociaciones, entra en un cierto mutismo oposicionista, se victimiza y queja, etc.

Tal como hemos dicho, el efecto de  esta 2ª secuencia, es la identificación al falo (3ª secuencia), en la que el sujeto suele retomar su lugar de cópula de la pareja parental (él constituye la escena primitiva, intentando unir-disyuntivamente a los padres, o sus sustitutos) con sus resultados de duda y angustia de despersonalización.

Cómo salir de esos impasses  

¿Cómo atravesar estos impasses transferenciales que son, a) la imposibilidad imaginaria de la realización de su deseo, b) la pasivización retentiva oposicionista y  victimista, y c) el sentimiento de inexistencia.

En la transferencia analítica se plantea casi constantemente la dinámica pulsional típica de este tipo de analizantes que se capta a través de su decir: o bien la expulsión sádica del objeto anal, o bien la retención del mismo. Cuando están en la 1ª secuencia (asesinato del padre), la expulsión de la “mierda” sobre el analista y el setting, el desprecio hacia el otro, es algo habitual. A veces de modo directo, y otras de manera racionalizada y alusiva. No obstante, la angustia de castración concomitante, permite una apertura de lo inconsciente: esa posición activa facilita la elaboración analítica, cuando la agresividad no es excesiva. 

Por el contrario, cuando el sujeto está en la 2ª secuencia (goce de la madre), el falo anal paterno es retenido. En este caso, la posición depresiva y pasiva en la cura, tiene un valor oposicionista y resistencial: silencios, falta de deseo, inhibición, victimismo, etc. En estas ocasiones, aparecen los sentimientos de desvalorización y desprecio referidos a sí mismo (“soy una mierda”, “me siento como la mierda”, etc.)

Pero esto suele llevar a la 3ª secuencia, en la que las pulsiones predominantes son la escópica o invocante. El sujeto se ubica entonces como “observador” de la cura, sin comprometerse con ella, lo que genera un efecto de sinsentido, de desorientación, de no valer nada (de sentirse o ser como una “mierda”) etc. El re-tener de la 2ª tiene como consecuencia el serlo de la 3ª.

La 1ª secuencia es aquella en la que el analizante manifiesta su odio al padre, mientras que la 2ª es la que corresponde al amor (sometido) por el mismo. Es la ambivalencia.

De todo esto se deduce que la secuencia más interesante para el progreso de la cura -aún siendo la más complicada- es la 1ª, y es importante el manejo de la transferencia que pueda hacer el analista, mediante sus escansiones, para mantener la tarea del analizante. Por el contrario, la 2ª corresponde a la dimensión resistencial de la transferencia.

La cuestión central pasa por la transformación del objeto anal a retener en tanto plus de gozar, en objeto causa del deseo, o sea en objeto perdido o faltante.

Como ya dijimos, la retención del falo paterno por vía anal -que corresponde al amor por el padre- defiende al sujeto ante la demanda del Otro materno, pero deja al sujeto atrapado y sometido en relación con el padre.

Es lo que nos enseña el caso del Hombre de las ratas. El paciente de Freud, presentaba una serie de obsesiones y dificultades en cuanto  pagar una deuda. Esto no era sino la repetición de una historia paterna. El padre, militar y jugador, había dejado sin abonar unas deudas de juego, lo que iba en detrimento de su honor. Por otra parte, a la hora de escoger esposa, acabó casándose con una mujer rica, en lugar de hacerlo con otra, pobre, a quien amaba. Había renunciado a su deseo, por interés.

Es muy frecuente encontrar constelaciones similares en los casos de neurosis obsesiva: el interés (heces = dinero, en estos casos) prima sobre el deseo. El objeto de la demanda (pulsional) toma entonces la valencia de plus de gozar.

Por ende, desprenderse del objeto de goce, dejar de retener, aceptar la castración, permite el relanzamiento del deseo, y abre la vía para que el sujeto pueda obrar en nombre propio, en lugar de hacerlo en el Nombre-del-padre. Esto hace posible el pasaje de la libido del yo a la libido de objeto, del autoerotismo al relanzamiento de los lazos sexuales y sociales, o sea … la salida de la soledad amurallada.

Texto expuesto en la Jornada de la Fundación Europea para el Psicoanálisis en Madrid, en junio de 2012.

Bibliografía:

(1) Transferencia y estructuras clínicas, Gérard Pommier, 1996, Ed. Kliné

(2) El desenlace de un análisis, Gérard Pommier, 1989, Ed. Nueva Visión

(3) Transferencia y estructuras clínicas, Gérard Pommier, 1996, Ed. Kliné