LA LÓGICA DE LA SEXUACIÓN
Texto presentado en el Coloquio de la Fundación Europea para el Psicoanálisis, Trieste, junio de 2022
«De ahí mi reducción del psicoanálisis a la teoría de conjuntos.» J. Lacan, «pour Vincennes». ¿Ornicar? 17/18, 1979 págs. 278
¿Continúa siendo válida hoy en día la lógica de la sexuación que Lacan escribió en 1972-73, para dar cuenta de la identificación sexuada del ser hablante? El cuestionamiento del heteropatriarcado, los debates acerca de la identidad de género, la transexualidad, la crítica al binarismo o las tesis queer parecerían poner en duda dicha validez, por lo que conviene volver sobre la misma.
Dado que el psicoanálisis es una práctica discursiva, lo importante en la experiencia analítica es la articulación entre decir y dicho en el habla del analizante. Quien habla lo hace siempre desde una determinada posición sexual consciente, pero tanto las formaciones de lo inconsciente como los síntomas, las inhibiciones o la angustia, expresan las contradicciones del sujeto al respecto. Siempre puede aparecer un el en el habla de una mujer, o un ella en la de un hombre, cuando se refieren a sí mismos. En ese instante, el sujeto queda dividido, entre: es eso y no es eso, lo que muestra que la identificación sexuada depende de lo simbólico y la carencia de ser que éste implica.
Freud indicó que el bebé distingue desde el principio de su vida entre lo comprensible y lo incomprensible: la Cosa. Es decir, entre lo que se puede articular con sentido gracias al significante (fálico) y lo real imposible de inscribir en lo inconsciente, en términos de Lacan.
Dada la incompletitud de lo simbólico: Ⱥ, siempre habrá para el ser hablante, algo real que escapa a la significantización.
Tomando lo que sostiene Gérard Pommier acerca de la función del nombre de pila, pienso que cuando el niño concluye la identificación especular y el control de la motricidad y del esfínter anal -entre los seis meses y los dos años de vida-, se produce un primer anudamiento de las tres dit-mensiones (simbólica, imaginaria y real) de su personalidad, gracias al nombre de pila que opera un corte entre la madre y el niño o niña. Se trata de la primera simbolización que lo separa del Otro materno. Pommier asimila este nombre a un nombre del padre, pero -a pesar del aura paterna que pueda tener- creo que es mejor denominarlo: nudo del nombre (de pila).
Es entonces que el deseo del padre real introduce la castración simbólica, tanto para la madre como para el niño. El sujeto se ve confrontado entonces al enigma de la diferencia de los sexos, y por ende a la identificación sexuada.
La clínica pone de manifiesto que muchos niños/as eligen su identidad de género alrededor de los 3 años de vida. Eligen -a veces en contradicción con su sexo biológico- la personalidad que responde a la pregunta por su ser: ¿soy hombre o mujer? En ocasiones, en función de renegar de la castración o rechazar la función paterna.
En las neurosis, el sujeto suele encontrar una respuesta al enigma de la diferencia sexual al final del complejo de Edipo, con la constitución de la fantasía fundamental que orienta su deseo. Tanto los niños como las niñas acaban matando simbólicamente al padre, para salir de la feminización imaginaria que este impone. De este modo, permanecen en una posición fálica masculina.
A partir de ese momento, ambos sexos pueden tomar la palabra y ejercer sus potencialidades fálicas respecto de sus semejantes y del mundo, en función de la identificación simbólica con el patronímico o un rasgo del padre muerto. De esa forma, pueden afrontar tanto lo real desconocido del mundo como lo real pulsional que agita su propia subjetividad, mediante los actos que son capaces de efectuar en su nombre, en la exogamia. La conclusión de este proceso implica un anudamiento sinthomático, que en este caso merece sin duda la denominación de nombre del padre.
De este modo, lo real incomprensible que nos acompaña desde el inicio de la vida, queda subsumido por lo real enigmático que concierne al Otro sexo, el femenino.
Lacan -utilizando la escritura diagramática de los nudos- dirá que cuando no hay sinthoma, hay equivalencia sexual, por lo que el rapport sexual es imposible de inscribir. Por el contrario, cuando hay sinthoma, no hay equivalencia sexual, y el rapport sexual deviene posible.
El sinthoma inscribe la diferencia sexual que el sujeto reconoce conscientemente, pero cuando no lo hay, el rapport sexual no se puede inscribir, que es lo que caracteriza a lo inconsciente.
El sinthoma de la diagramática nodal corresponde a la excepción del lado masculino en las fórmulas lógicas de la sexuación: existe uno para el que no se cumple la función fálica, es decir, que no está sometido a la castración. Dicha existencia es necesaria para que sea válido el enunciado universal afirmativo: para todo ser hablante se cumple la función fálica, que significa que todo sujeto, sea macho o hembra desde el punto de vista biológico, está sometido a la castración.
Cualquier sujeto que toma la palabra, demanda, y por ende pone de manifiesto su deseo, es decir, su carencia fálica. Se trata de la castración debida a su inserción en el lenguaje, que ahora se articula en la relación con el Otro sexo. Esa castración simbólica que introduce la excepción abre a lo posible del rapport sexual expresado en la fantasía ($◊a).
Este lado masculino, es el propio de la conformación de los grupos, de las masas, o de las instituciones como el Ejército o la Iglesia (ver Freud). El líder encarna esa función, que no es otra que la del S1, el significante amo. Para que haya rapport con un S2, la función del S1, es lógicamente necesaria.
Ahora bien, el lado masculino de las fórmulas no es sin el lado femenino. No hay una lógica masculina (fálica) opuesta una a una lógica femenina.
“¿Soy hombre o soy mujer?” es una pregunta por el ser, y las respuestas fantasmáticas que el sujeto puede darse a sí mismo acerca de su identidad de género para conjurar las habituales vacilaciones al respecto, no pueden corresponder más que al registro de lo imaginario, cuando lo que caracteriza al ser hablante es justamente su carencia de ser, su castración, por estar en el orden simbólico.
Hombre y mujer constituyen una oposición significante más allá de la significación que dichos significantes puedan tener para designar la condición biológica de macho o hembra. Siendo que el significante no se significa a sí mismo, que su valor se determina por las oposiciones y diferencias en los ejes sincrónico y diacrónico, y que representa a un sujeto para otro significante, no hay significante hombre sin significante mujer y viceversa.
¿Pero qué escribe Lacan del lado femenino? Que de ese lado no hay una excepción: no existe ningún ser hablante que no esté bajo la función fálica. ¿Cómo podría haberlo, siendo que las mujeres son sujetos deseantes? Ellas también están sometidas a la castración.
Pero eso tiene como consecuencia que: las mujeres se inscriben en tanto no-toda bajo función fálica de la castración. Hay algo real que en ellas escapa a la significantización fálica. Por ende, resulta imposible escribir lógicamente un enunciado universal válido que diga lo que es La mujer. De allí que cada mujer tenga que inventar su feminidad, lo que es algo contingente: puede ocurrir o no.
En cambio, sí se puede sostener de modo válido el enunciado universal afirmativo: para todo x. ɸx. Todos aquellos, hombres o mujeres que se ubiquen del lado masculino, están sometidos a la castración.
Quienes se ubican del lado masculino, están en la posición de tener el falo y por lo tanto de darlo. En cambio, quienes están del lado femenino, están en la posición de no tenerlo, y por ende, de recibirlo.
Pero ¿dar o recibir qué? No se trata de dar o recibir el falo imaginario sino el falo en tanto símbolo del deseo: ɸ, es decir, de la castración. Al fin de cuentas amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es.
No se trata de ninguna supremacía o poder de un sexo sobre el otro. La erección (fálica) del pene no hace sino presentificar el deseo de un hombre, tal como la erección (fálica) del cuerpo de una mujer hace lo propio.
Ahora bien, tanto el dar como el recibir es propio de la dialéctica fálica entre los sexos, por lo que la cuestión de la esencia de La mujer como tal, aquello que podría escribirse como un enunciado universal afirmativo, siempre permanece como enigma, tanto para los hombres como para las mujeres.
La pregunta ¿soy hombre o mujer? atosiga a los seres hablantes en todas las edades, y cada cual intenta darse respuestas a lo largo de la vida.
Pommier ha propuesto una definición, a mi modo de ver congruente con lo que escribe Lacan en el lado masculino de sus fórmulas. Se trata de un enunciado afirmativo universal: un hombre es un niño que desea matar simbólicamente a su padre para ocupar su lugar. De ese modo, tomaría el nombre. Esa sería su esencia.
Es una definición que va más allá de los imaginarios con los que cada hombre en particular puede responder a esas preguntas. La cuestión es si el individuo en cuestión es capaz de efectuar esa operación a lo largo de su vida, desde el final del Edipo.
Eso le permitiría identificarse con los otros que están como él, bajo la castración: para todo x. ɸx. Lo que no excluye evidentemente a las mujeres que desean hacer lo propio con su papá.
¿Qué ocurre entonces con esa feminidad, ese enigma que atrae e inquieta a la vez tanto a los hombres como a las mujeres, justamente porque hay en ella algo real que trasciende a la dialéctica fálica, pero sobre todo porque concierne a su propia subjetividad?
Algunos y algunas la transfieren a las mujeres a las que atribuyen la causa de su deseo, mientras que otras u otros eligen ocupar ese lugar.
Quienes ubican la feminidad del lado del Otro sexo, son aquellos que están bajo la castración del lado masculino. Pero eso comporta lo que he mencionado antes: la toma del nombre.
El acto sexual en su clímax orgástico implica esa operación en la sincronía: una mujer en lugar de causa hace posible que un hombre pueda efectuar el asesinato del padre, al tiempo que ella hace lo propio con el suyo por procuración (gracias al hombre), lo que le permite acceder al goce Otro.
¿Qué sucede cuando esa operación simbólica no se puede llevar a cabo mediante actos efectivos, reales?
Si la función del padre consiste en ser el exutorio de la pulsión de muerte, cuando un sujeto no puede efectivizar el asesinato simbólico, aquello que podía haber sido causa de su deseo -por estar concernido por la castración- deviene siniestro. El velo fálico cae, y el sujeto se ve confrontado a un real persecutorio.
De allí, la violencia imaginaria o real que se desencadena recayendo sobre los semejantes que están del lado del Otro sexo. La violencia contra las mujeres y las minorías son el resultado del fracaso en la toma del nombre.
Lo importante es no olvidar que la lógica de la sexuación está siempre presente en la articulación entre los enunciados del analizante, sus dichos, y su decir. En los lapsus, actos fallidos, sueños o síntomas, que indican su división entre es eso y no es eso, en la transferencia.