Los sujetos fronterizos: ¿estructura o estado?
Introducción
Buenos días a todos. En primer lugar quisiera agradecer a los colegas de Gradiva, la invitación a participar en esta Jornada, y en esta ocasión a título de representante de una orientación psicoanalítica marcada por los avances que Jacques Lacan ha introducido en el psicoanálisis. Tarea difícil dado que al fin de cuentas cada cual habla por sí mismo, y a partir de su propia experiencia, que en mi caso remite a algunos pacientes que he recibido en mi consulta, pero sobre todo a los que he tratado o supervisado en la institución a la que asesoro desde hace 30 años, y en la que se atiende a pacientes psicóticos o con diagnóstico de TLP, pero también a niños y adolescentes con carencias familiares y sociales, algunos de los cuales presentan una sintomatología que preanuncia un futuro estado límite.
Un poco más difícil aún, porque como es sabido, ni Lacan, ni la mayoría de los autores lacanianos -hay algunas excepciones recientes- se han ocupado de este tema, remitiendo la clínica con la que se encontraban a las tres estructuras clásicas de neurosis, perversión y psicosis.
No obstante, es bien cierto que hay un número importante de sujetos -como los que hoy nos ocupan- que presentan a nivel fenomenológico una serie de síntomas, conductas, rasgos de carácter y afectos que no entran fácilmente en esas tres estructuras, y que nos interrogan sobre aquello que es el título de mi ponencia: se trata de un ¿estado o de una estructura?
Hay autores que se han decantado claramente por responder en la segunda dirección, incluso aunque no utilicen la noción de estructura sino la de organización, como Kernberg, sólo por mencionar a uno significativo entre ellos.
Por mi parte -prefiero al menos por ahora- mantener abierta la pregunta, y compartir con Uds. los interrogantes que el tema me produce.
Quizás convenga en todo caso, precisar qué entiendo por estructura y por estado.
En el medio analítico se habla de estructura con frecuencia, pero en muchas ocasiones la significación del término es muy diferente para unos y para otros. Hay autores que en cambio no utilizan esa noción, prefiriendo las de posiciones o de organización, tal como acabo de decir. En el ámbito freudiano se utiliza básicamente en relación con la 2ª tópica freudiana, es decir en referencia a la relación entre el Ello, el Yo y el Superyó, con la Realidad.
Lacan lo introdujo en el campo psicoanalítico a partir de la lingüística y la antropología, y comenzó articulando la relación del sujeto con la estructura significante, es decir con lo que denominó el gran Otro. Es lo que escribe la metáfora paterna: el Nombre-del-Padre es un significante que viene a metaforizar el deseo de la madre, localizando así la significación fálica, es decir el falo faltante de la madre: Φ. De esta forma se inscribe la castración del Otro materno. En este sentido, la metáfora paterna es una escritura resumida que precisa el complejo de Edipo freudiano.
Cuando dicho significante resulta precluído, la falta en el Otro no se localiza, y el resultado es la psicosis. En cambio, cuando esta función es operativa, el significante Amo o fálico, representa al sujeto ante los otros significantes, instituyendo su división y la causa de su deseo: el objeto a.
Más adelante pasó a dar una versión topológica de la estructura: en las neurosis, el Nombre-del-padre, en tanto Padre del Nombre, en tanto nombrante, es un agujero, que a su vez permite constituir un verdadero agujero, inscribiendo la castración, y por ello hace posible el anudamiento de los tres registros de la subjetividad: lo Simbólico, el significante -lo que Freud denominaba las representaciones de palabra-, lo Imaginario, es decir todo lo que es representación o significación (del cuerpo, de los otros y de los objetos) -lo que para Freud eran las representaciones de cosa-, y lo Real, es decir lo imposible de inscribir, que Freud denominó Das Ding, la Cosa. Un Real, que en tanto incomprensible puede generar angustia, y que cuando se desanuda de lo Imaginario y lo Simbólico, llega a traumatizar. Para Lacan lo universal –en el sentido lógico del término- es el Edipo: todos los seres hablantes están sometidos a la castración, mientras que lo Real es lo que está más allá de la simbolización y la representación.
Así cuando hablamos de estructuras clínicas diferenciadas, se trata de cómo una serie de sujetos incorporan la estructura del Otro que a su vez los estructura dándole un lugar simbólico en la cultura y en la sociedad, constituyendo la imagen narcisista de su yo en relación a sus semejantes, y haciendo posible un manejo – mediante la intrincación pulsional- de lo no simbolizable -que puede o no, devenir traumático-. Todo ello implica distintas modalidades de anudamiento y por ende de los efectos sintomáticos y yoicos, característicos de las neurosis, las psicosis o las perversiones.
No obstante, las soluciones que cada cual encuentra en los momentos decisivos de su historia vital para anudar mediante un sinthoma las tres dimensiones, es singular para cada sujeto.
En cuanto a la noción de estado me refiero al modo transitorio -que en ocasiones puede abarcar un largo período vital- mediante el cual el sujeto articula sus tres dimensiones en la relación con los otros, y por ende podemos hablar de estados del sinthoma, es decir de aquello que anuda y del anudamiento mismo, más allá de la estructura clínica. Lo uso en el sentido que se utiliza por ejemplo para hablar de perversiones transitorias, o de estados depresivos.
En todo caso, encuentro muy pertinente el uso de la noción de locura utilizado por Green y otros autores, que se ha de distinguir claramente de la de psicosis, puesto que estados o períodos de locura pueden producirse en cualquiera de las tres estructuras clásicas, a partir de ciertos traumatismos.
La locura es algo que afecta al yo, es decir al narcisismo del sujeto, que como sabemos se caracteriza por el desconocimiento. En la dialéctica especular, el sujeto se enajena en su Yo-ideal desconociendo su Yo-real, es decir, aquel que se caracteriza por sus carencias. Por lo tanto, la noción es pertinente para entender a estos sujetos que ven afectado su funcionamiento narcisista de manera profunda, pues suelen presentar habitualmente una falta de responsabilización tanto respecto de sus actos como de lo inconsciente que los afecta.
Quisiera decir dos palabras antes de entrar más en la cuestión. Son cosas conocidas por todos los psicoanalistas, pero no está demás recordarlo cuando estamos abordando una tipología clínica.
Hay una clínica psiquiátrica referida a estos casos y una clínica psicoanalítica. Eso implica que más allá de las singularidades de cada sujeto y de las intervenciones del psicoanalista, nosotros disponemos de una serie de nociones que nos permiten distinguir nuestras categorías clínicas tanto a nivel general (las neurosis, p.ej.) como particular (el tipo clínico: histeria, obsesión o fobia), y explicar sus determinismos.
No obstante, lo que nos distingue no es sólo la escucha del sujeto en su singularidad, sino que nuestra clínica sea bajo transferencia, y por ende que tanto en el diagnóstico como en el tratamiento, no podemos olvidarnos de esa dimensión. O dicho en otros términos: no podemos diagnosticar “desde fuera” sin tener en cuenta los efectos de nuestras intervenciones, como tampoco podemos diagnosticar sin tener en cuenta el proceso: lo que hoy se presenta de una manera, puede cambiar a veces de manera radical más adelante.
I)¿Qué tipo de sujetos se suele incluir entre los estados límites?
Como es sabido, a lo largo de estos últimos setenta u ochenta años -el tema tiene antigüedad- se han emitido diversos diagnósticos para estos pacientes. No haré aquí la lista, bien recogida en los textos de Kernberg.
Se han incluido en esta categoría desde fenómenos psicosomáticos hasta psicopatías, por no mencionar los diagnósticos erróneos que luego se verifican como una franca psicosis o una neurosis grave.
En este sentido, me parece necesario acotar el campo.
a)Creo que es mejor excluir a las psicosis disociativas no desencadenadas (prefiero este término al de “ordinarias” o blancas), aunque en ocasiones cueste hacer el diagnóstico diferencial. Hay muchos pacientes que se diagnostican como T.L.P. en la adolescencia -quizás por prudencia- y luego se revelan como una franca psicosis.
b)También conviene distinguir estos casos de aquellos en que aparecen alucinaciones o delirios generados por tóxicos. Es cierto que hay sujetos en estado límite que recurren con frecuencia a ellos, pero hay estados inducidos por los tóxicos que son semejantes a algunas manifestaciones de estos pacientes, sin que el sujeto tenga el mismo funcionamiento de base que ellos.
c)Me parece necesario además, no incluir a los pacientes psicosomáticos que padecen esos fenómenos de manera constante, puesto que aunque compartan con los sujetos en estado límite ciertas dificultades de simbolización de la castración, lo que en ellos queda afectado es lo real del cuerpo y no la acción, pues suelen manejarse mejor tanto en su vida social y familiar como laboral. La otra razón es que estos fenómenos pueden aparecer en cualquier estructura.
d)Por otra parte, estimo que no se pueden confundir ciertas conductas impulsivas o pseudo-perversas que suelen tener un carácter más bien defensivo, con la perversión en sentido estricto. En las perversiones, la renegación recae específicamente sobre la carencia fálica del Otro materno, pero como tal mecanismo opera en todo sujeto humano. Cada vez que hay un exceso de goce en el plano pulsional, se produce una identificación con el falo materno, lo que sirve para renegar de la castración del Otro. Además, tampoco basta con que haya renegación de la falta en el Otro: lo que define a la perversión como tal, es el instrumentar a un semejante como a un objeto para hacerle padecer la propia división subjetiva, aquella a la que él estaría sometido, por su dependencia del Otro materno. El sujeto perverso sabe sobre su goce, mientras que en la clínica del sujeto en estado límite, se puede ver que la mayoría de las veces, no saben lo que quieren, tanto a nivel sexual como social, cosa que los deja en dependencia y a merced de los otros.
e)Entiendo que también convendría mantener las diferencias que presentan estos sujetos, respecto de otro tipo de caracteropatías o trastornos de la personalidad: histéricos, obsesivos, fóbicos, narcisistas, esquizoides, paranoides, antisociales, o dependientes.
f) Finalmente creo que no se pueden confundir estos casos con la locura histérica. Tal como la ha descrito J.C. Malevall, se trata de pacientes -particularmente de sexo femenino- en los que se ha producido una colusión entre el fantasma y lo real, provocada por abusos, violaciones o seducciones importantes, por algún personaje paterno o sus representantes. El efecto suele ser siderante y producir resultados alucinatorios o delirantes y pasajes al acto -en ocasiones autolíticos-. No obstante, no se trata de psicosis, puesto que la interpretación simbólica permite la restitución de la significación de esas producciones que generalmente tienen un marcado carácter sexual.
No obstante, esas delimitaciones aún dejan un amplio campo de manifestaciones clínicas que merecen una atención específica.
II)¿Qué fenomenología clínica presentan?
A nivel sintomático nos encontramos con fobias, fenómenos psicosomáticos, y en ocasiones puntuales, síntomas asociados a la despersonalización, episodios alucinatorios o delirantes que no implican una psicosis disociativa, sino que pueden ser producidos por la ingesta de tóxicos o acontecimientos traumáticos.
La vida pulsional se caracteriza por una insatisfacción constante, la intolerancia a la frustración, y una vida sexual que es más bien pre o pseudo-genital, en lo que prima muchas veces es un intento de colmar las carencias amorosas a través del sexo.
En cuanto a la conducta aparecen la impulsividad, la hetero y la autoagresividad que en ocasiones pueden desembocar en intentos autolíticos, acting outs, pasajes al acto, ludopatías, y abuso de tóxicos, alcohol o medicamentos.
Respecto del narcisismo y el carácter tenemos una imagen del yo en general carente, desvalida y deprimida, contrarrestada a veces por momentos de omnipotencia, y un marcado carácter infantil.
A nivel afectivo encontramos un estado casi permanente de inquietud y de depresión-ansiosa, sentimientos de vacío y de abandono, pero también de persecusión -que pueden llegar a generar ataques de pánico-.
En el lazo social, pueden presentar tres modalidades básicas en relación con los otros: el retraimiento esquizoide, una conducta manipuladora o la dependencia anaclítica, pero también una combinación de las mismas. En muchos casos, su funcionamiento les ha impedido alcanzar logros a nivel de estudios o en el plano laboral.
En todo caso, todas estas manifestaciones responden básicamente a un profundo sentimiento de abandono y de vacío, y a un intento constante de encontrar reconocimiento por parte del Otro, con el que suelen mantener un vínculo de dependencia, siendo que los fracasos en este sentido, desencadenan su impulsividad y su violencia.
III) ¿Cuáles son las características de su funcionamiento psíquico?
1)Los traumas precoces o pre-genitales
Es algo que todos los autores recogen, y es bien cierto que en los historiales de estos sujetos, nos encontramos en el plano de la familia de origen -incluso a nivel transgeneracional- con rupturas familiares importantes, abandonos, maltratos tanto de la pareja como de los hijos, instrumentaciones diversas, consumo de tóxicos, conductas delictivas menores, y hasta abusos o violaciones sexuales.
Se ha puesto mucho énfasis en lo que Green denominó “la madre muerta”. Los autores de la escuela inglesa y Winicott en particular, también subrayaron las carencias del lado materno, es decir, las producidas por una madre abandonante, intrusiva, caótica o no “continente”. En nuestros términos diríamos que se trata de una madre que no es capaz de hacer el don de su deseo, es decir de su castración, ni de expresarlo de una forma ritmada en su demanda de amor. Ya sea por su indiferencia, su rechazo, su rigidez, su intrusismo o sus manipulaciones. En estas condiciones deviene un Otro absoluto y caprichoso que no otorga seguridad al sujeto y dificulta el acceso a la función castradora/separadora del padre real. No es extraño que eso produzca un tipo de dependencia regresiva y al mismo tiempo profundamente conflictiva del sujeto con ese Otro, puesto que aunque sentido como abandonante, permanece idealizado y se espera que en algún momento exprese su amor y reconocimiento. De allí que oscilen entre el intento de separarse -a veces violentamente-, y el retorno a una demanda sin fondo, por la culpa por existir que les genera la independencia.
No obstante, mi experiencia me lleva pensar que en muchos casos es fundamental también lo que sucede con lo que Lacan denominó el padre real: es decir, aquel que desea sexualmente a su mujer de manera efectiva y se ocupa paternalmente de los hijos. Padre real que, gracias a ese deseo, introduce la castración simbólica impulsando a los hijos -gracias a la identificación con el Ideal del yo paterno- hacia la promesa, la esperanza –que es otro nombre del fantasma- y la exogamia. El super-yo paterno prohíbe el incesto, mientras que el Ideal del yo paterno, orienta hacia los sustitutos posibles.
A veces, hay hombres que no ponen en juego ese deseo o son mentirosos, rechazantes, o violentos. Algunos son drogadictos o alcohólicos. En otros casos, el hijo/hija llegan en un momento en que la pareja se ha destruido. Otros son excesivamente seductores con los hijos, y por lo tanto, no ejercen su función castradora en el plano simbólico.
Este tipo de relaciones con la madre y el padre, minan la confianza básica y la capacidad de amar del sujeto, generando confusión y persecución.
Además su Yo-ideal, la representación de sí mismo, que depende de los Ideales del yo materno y paterno, resulta dañado puesto que el materno los suele dejar ante un profundo sentimiento de desvalimiento, mientras que el segundo no les sirve para proyectarse hacia la exogamia, generando frustración e impotencia.
Ahora bien, tal como Freud nos enseñó, el trauma se produce en dos tiempos –como mínimo- y retroactivamente. Nuestro psiquismo funciona siempre así, y Lacan mostró que eso depende de la estructura del lenguaje a la que nos incorporamos. Por lo tanto, la cuestión es cómo lo acontecido en determinado momento de la historia subjetiva -que puede ser muy precoz- resulta re-significado a posteriori, y en particular al final del complejo de Edipo.
En este sentido, los “lacanianos” coincidimos con Kernberg quien habla de lo pre-genital y no de lo pre-edípico, puesto que para nosotros, la articulación Edipo/castración es algo que opera o no, desde el inicio de la vida, aunque se precise durante la fase fálica y sobre todo en la retroacción del final del Edipo.
Ahora bien, para el psicoanálisis un acontecimiento o un vínculo devienen traumáticos cuando el sujeto no puede responder mediante lo simbólico y lo imaginario a lo que tal acontecimiento o vínculo evoca de la castración, ya se trate de la del Otro materno, o la del propio sujeto.
El trauma originario, es aquel que se produce por nuestra introducción en “el malentendido entre los padres” correlativo de nuestra incorporación al lenguaje. Dicho trauma nos confronta con el agujero de la estructura significante, que toma su encarnación en la castración del Otro materno y en la identificación del sujeto con el falo faltante de la madre, que como tal, equivale a un vacío. La angustia que corresponde a esta identificación regresiva con dicho vacío es de despersonalización en las neurosis y perversiones, y de fragmentación o devoración en las psicosis. Como sabemos, en los sujetos en estado límite es frecuente la angustia de despersonalización, que en ocasiones se presenta de manera aguda y prolongada.
Todo niño -para preservar el amor del Otro materno- rechaza primordialmente la carencia materna y su identificación al falo, y cada movimiento de separación respecto de la madre engendra la culpa por exsistir.
El secundario, es el traumatismo referido a la castración por el padre, y la angustia correspondiente es la angustia ante la amenaza de castración. El sujeto -tal como nos enseña Freud- reprime secundariamente las fantasías incestuosas y parricidas propias del Edipo, identificándose al super-yó paterno, para preservar el propio narcisismo de la castración. Como consecuencia de ello constituye, en el caso de las neurosis, un fantasma de seducción (histeria), que mantiene insatisfecho el deseo del sujeto, o de escena primitiva (n. obsesiva) que lo sostiene imaginariamente como imposible. En los dos casos, esos fantasmas preservan al sujeto de la castración, que sólo se pone en acto -de modo contingente- en las relaciones genitales efectivas de la adolescencia y la edad adulta . Aun así, el fantasma hace posible la proyección del sujeto en el espacio-tiempo, estructurando sus actos y su devenir en la búsqueda de un objeto con valor fálico que cause su deseo y que venga a colmar -imaginariamente- su división.
La separación respecto del padre implica el deseo parricida que, salvo que se articule metafóricamente, también produce culpa.
Por ende, la cuestión es cómo se articulan en la historia de cada sujeto, la castración del Otro, y la castración del sujeto, siendo que lo traumático es lo Real que no se inscribe –ni en la consciencia, ni lo inconsciente- de esas castraciones, y por ende lo que retorna repetitivamente en los síntomas, las inhibiciones o la angustia.
Es cierto que en los sujetos en estado límite, el trauma precoz producido porque la madre no puede hacer el don de su castración, deja fuera de la inscripción simbólica (consciente o inconsciente), es decir en lo Real, esas experiencias de desvalimiento (Hiflosijkeit) que quedan escindidas y reaparecen en el cuerpo o la acción bajo forma de afectos y de impulsos no ligados produciendo efectos de extrañeza y despersonalización. Sobre todo porque el sujeto suele buscar denodadamente el reconocimiento por parte del Otro, y ello le lleva a regresar a la identificación con el falo, que no es otra cosa que un vacío.
Pero conviene estudiar su articulación con los otros dos momentos constituyentes: la culminación del complejo de Edipo y la crisis adolescente.
2) Los trastornos de la re-significación edípica.
Tal como ha indicado Víctor Korman, este tipo de sujetos presentan dificultades en la simbolización retroactiva a partir del final del complejo de Edipo. Si bien hay que pensar que de una forma u otra -y habría que investigar cómo en cada caso- la metáfora paterna se ha de haber inscrito en el inicio de la vida -dado que no se trata de pacientes psicóticos- los efectos del trauma precoz, dificultan que opere la función de castración simbólica del padre real que re-inscribe retroactivamente el significante del Nombre-del-padre, operación que valida al super-yo paterno con el que un sujeto neurótico se identifica al final de este proceso. Y también perturba la función que el padre real hace posible proyectando el Ideal del yo en un tiempo futuro, es decir la esperanza de encontrar un objeto no incestuoso, lo que permite articular el deseo en un fantasma.
En las neurosis está presente el amor por el padre, más allá de las ambivalencias. El padre es amado porque separa de la madre, aunque se le tema porque es un potencial castrador. En las psicosis es rechazado y en las perversiones, desafiado o burlado. En los sujetos que nos ocupan, tal como indiqué anteriormente, esta dimensión de la paternidad y el amor correspondiente, resultan obturados: ya sea por la incidencia de la madre, o por el desistimiento del padre. De allí que la identificación con el super-yó paterno y la constitución del fantasma neurótico queden cortocircuitadas. No se llega a establecer un objeto de deseo que en tanto perdido, venga al lugar de La Cosa (Das Ding).
Esto mismo, constituye una nueva situación traumática, puesto que eterniza una posición en la que el sujeto no acaba de organizar retroactivamente su neurosis infantil, entrando en la latencia. Permanece en cambio en un estado propio de la fase fálica, allí donde ha de elegir entre el camino de la perversión, mediante un objeto-fetiche o el de la neurosis, a través de un objeto fóbico, por lo que la latencia deviene entonces una pseudo-latencia. Es en este sentido que los pacientes psico-somáticos crónicos comparten un espacio común.
Una elección que no se llega a producir, lo que implica que permanezca en un estado en que no acaba de renunciar al objeto incestuoso, ni a los impulsos parricidas -lo que sería un progreso- padeciendo entonces la angustia de castración que ello implica. Pero al mismo tiempo tiene que defenderse respecto de la regresión a un Otro materno vivido como Absoluto, regresión que le haría sentir la angustia de despersonalización y de vacío que conlleva la identificación al falo materno faltante.
Esto explica su polimorfismo defensivo: represión, renegación (con el corolario de la escisión yoica), y otros más arcaicos como la identificación proyectiva o la proyección -sobre todo cuando fracasa la represión, que al fin de cuentas es una simbolización-. En algunos casos, se pueden producir forclusiones parciales o locales. Es el ejemplo famoso de la alucinación del dedo cortado, en el Hombre de los lobos, en la que el sujeto vive como imaginariamente real, lo que no ha podido simbolizar de su castración en ese momento puntual. No obstante, en estos pacientes se trata de fenómenos que son pasibles de re-simbolización, puesto que no se trata de alucinaciones verbales auditivas.
Esta posición intermedia de no elección, hace vulnerable al sujeto ante situaciones traumáticas, producidas por acontecimientos de violencia o de excesiva seducción, donde el valor simbólico de la palabra queda corroído, generando pérdida de confianza, de seguridad, confusión y persecusión, puesto que se produce una colusión entre lo imaginario y lo real.
Esta colusión tiene varias consecuencias. En primer lugar: la impulsividad. En las neurosis el fantasma constituido gracias a la función paterna, permite diferir la acción, proyectando la temporalidad. Implica una conjunción-disyuntiva respecto del objeto, que articula las pulsiones de forma ritmada. Esto permite que las dimensiones de vida y de muerte de cada pulsión permanezcan intrincadas. Cuando esto no ocurre, las pulsiones buscan la satisfacción inmediata, haciendo intolerable la espera con su corolario de agresividad en caso de frustración.
Pero la no instauración definitiva del fantasma tiene otro efecto: un estado permanente de depresión-ansiosa. En las neurosis, hay un ciclo fantasmático imaginario: el sujeto pasa, inconscientemente, de las fantasías parricidas, a las incestuosas con el Otro materno -que son su reverso-, lo que lo lleva a una identificación con el falo de la madre. De allí que lo que prima inicialmente sea la angustia de castración, luego -una vez ejecutada real o imaginariamente la transgresión- un estado depresivo producido por la culpa debida al goce obtenido, y finalmente la angustia de despersonalización, de la que sólo puede salir, renovando el circuito. Esto implica una alternancia temporal de los estados afectivos, con mayor o menor sufrimiento, según el sujeto se instale o no en los tiempos 2º y 3º. El fantasma parricida, al fin de cuentas, pone en marcha nuevamente el deseo del sujeto, aunque sea al precio de una cierta angustia de castración.
En cambio, el sujeto en estado límite, cortocircuita esta 1ª secuencia parricida, puesto que busca la satisfacción inmediata permanentemente con el objetivo de evitar el sentimiento de vacío. De allí que se encuentre a nivel afectivo en una depresión-ansiosa, porque la satisfacción inmediata de la pulsión implica el goce incestuoso (2ª secuencia) y la culpa consiguiente, es decir un estado depresivo, y no libera al sujeto de la identificación con el falo (3ª secuencia), lo que lo retrotrae a aquello de lo que pretendía escapar: la angustia de despersonalización y de vacío. Es lo que ocurre también en las toxicomanías.
3) La crisis en la adolescencia
Así como en la primera infancia, se hace necesaria una función de nominación (Nombre-del-Padre) que haga posible una primera separación entre el sujeto y el Otro, y que la misma sea validada por el padre real, en la retroacción del final del Edipo, en la adolescencia, es el propio sujeto quien pone en tela de juicio la nominación paterna, lo que lo coloca en la difícil situación de encontrar otra más o menos transitoria que la sustituya y le permita pasar a la adultez, momento en el que podrá actuar en su propio nombre, ya sea en el campo profesional o del amor.
Al poner en cuestión la nominación paterna, tanto la función del Super-yó como la del Ideal del yo que sostiene su Yo-ideal, quedan también en entredicho. Justo en un momento que su imagen corporal ya no es la de un niño, puesto que sus pulsiones sexuales se han reactivado, y ha de responder tanto ante la sociedad, como ante el otro sexo.
Para que el nuevo anudamiento se lleve a cabo sin mayores contratiempos, es necesario que los dos primeros se hayan consolidado, haciendo posible una latencia en el que el sujeto pueda esperar fantasmáticamente una reconciliación entre el cuerpo imaginario (su Yo-ideal) y lo simbólico (su Ideal del yo).
El adolescente se encuentra en un cierto estado de inexistencia, de vacío, “por querer y no poder”, es decir por no disponer aún de la capacidad material ni simbólica de materializar en acto sus deseos. Así pues, se encuentra particularmente fragilizado en cuanto a poder asimilar situaciones traumáticas, sobre todo si, como en los sujetos de los que hablamos, los dos primeros tiempos, en la primera infancia y al final del Edipo, la operación de nominación ha resultado problemática.
En estos casos, al haberse producido una escisión del yo ante el trauma precoz, la conjugación de lo imaginario y lo simbólico que hace posible la retroacción edípica ha quedado en entredicho, por lo que el sujeto ha quedado fijado a ese primer tiempo, exigiendo la repetición de la operación. Por ello, su cuerpo permanece siendo el de un niño, cuando él ya ha roto el pacto, por lo que permanece dependiente respecto de la familia, es decir, de la madre y el padre imaginarios.
De allí que el pasaje hacia la adultez que la pubertad y la adolescencia representan tampoco se llegue a producir, dejando al sujeto en una especie de niñez-adolescente aparentemente eterna.
IV) La cura y sus dificultades
Todos los autores han puesto de relieve que estos pacientes, requieren una estrategia diferenciada por nuestra parte.
Kernberg señala que las diferentes posiciones al respecto se pueden ordenar en un continuum que va en un extremo desde aquellos que entienden que sólo es posible efectuar una terapia de apoyo, o en todo caso la ven necesaria como paso previo a un análisis, hasta aquellos -en particular de la escuela inglesa- que sitúa en el otro extremo, que piensan que un análisis es posible. Por su parte, él se ubica en un lugar intermedio, planteando una técnica modificada del análisis clásico puesto que éste podría producir lo que denomina una “transferencia psicótica”, y que yo llamaría momentos de locura generados por la regresión al narcisismo o estadio del espejo.
La técnica que él propone consiste en establecer una estructuración del setting para intentar bloquear los actings del paciente, la utilización de recursos hospitalarios cuando esto se ve sobrepasado, la elaboración sistemática de la transferencia negativa tanto en la cura como en la vida del paciente, la confrontación del paciente con sus defensas patológicas y su interpretación en la transferencia, y el señalamiento de cómo dichas defensas fragilizan su yo y disminuyen la prueba de realidad.
En función de mi experiencia tanto privada como institucional, entiendo que estos pacientes requieren un tiempo previo de entrevistas preliminares -que a veces puede ser prolongado- necesario para que establezcan una mínima confianza básica tanto en los otros como en sí mismos, y para que algo del orden del amor de transferencia se pueda establecer. Un tiempo en el que el sujeto alcance reconocer la responsabilidad que le corresponde en su malestar -en lugar de desconocerlo renegando o proyectando-, y en que aflore el deseo de saber necesario para el análisis de lo inconsciente.
Esto requiere sin duda un setting sostenido con firmeza y claridad -cara paterna de la transferencia- pero al mismo tiempo una presencia continente –el lado materno de la misma- que permitiendo la deflección de la pulsión de muerte y el lado negativo de la transferencia, haga posible que esta se elabore simbólicamente, tal como en cualquier otra cura. Al fin de cuentas, la agresividad apunta a la castración del Otro, para poder separarse, e importa particularmente que el sujeto pueda hacer -en la transferencia- el duelo de ese Otro materno cuyo deseo ha fallado, pero que paradojalmente ha quedado como idealizado y Absoluto. Sólo a partir de eso, es posible que el sujeto pueda efectuar la elección que hasta ese momento no ha podido realizar.
Esta nueva situación lo confronta a la castración por el padre. Es este momento, en el que el analista en tanto sustituto paterno, puede activar la angustia de castración y devenir potencialmente traumatizante para el paciente, lo que empuja a la elección: o bien desafiarlo y elegir un fetiche que vele la castración materna, o bien amarlo, aunque sea de forma ambivalente, e identificarse con el super-yo que él le atribuye, cosa que implica la renuncia a los goces inmediatos, y la instauración de la espera fantasmática de lo posible.
No obstante, dado que el sujeto no es realmente un niño, los objetos del mundo a los que se enfrenta, tanto a nivel sexual y amoroso, como en el plano profesional y social son los propios de un adulto, y por ello, este momento es el de la posible instauración de una perversión o de una neurosis adulta, con las angustias y los síntomas que le son propios.
A partir de allí, si él lo quiere y su responsabilidad lo hace posible, se puede pasar a un análisis propiamente dicho.
Margaret Little nos ha brindado el testimonio inapreciable de su análisis con Winnicott. Ella relata todo un primer y extenso período en el que reproducía lo que denominaba “el caos” de la relación con su madre. Un período con momentos de locura y depresión en los que el suicidio planeaba con insistencia, y en el que los ataques de ira y las actuaciones eran frecuentes. Winnicott tuvo que internarla más de una vez. No obstante su presencia, su sostén -que en ocasiones rayaba en el maternaje-, y su firmeza le permitieron construír un espacio de confianza básica que le permitió pasar a una segunda fase en la que, tal como ella dice, “pude analizar mi Edipo”.
El resultado final parece haber sido bueno: logró inscribir su nombre en la historia del mundo psicoanalítico a través de sus obras, lo que le permitió un nuevo anudamiento de los registros de su subjetividad, pacificándola.
V)¿Estructura o estado?
Este ejemplo, el de algunos casos que he tenido la oportunidad de tratar, en los que se ha producido un trayecto semejante al de Margaret Little, y la experiencia institucional con niños con serios problemas de conducta, y jóvenes diagnosticados con T.L.P., todos ellos habiendo vivido graves historias de desestructuración familiar, de abandono y de maltrato, me indican que cuando se dan las condiciones de sostén que antes he mencionado, se producen cambios positivos con relativa rapidez.
Todo ello, me lleva a pensar que no estamos ante una nueva estructura psíquica, sino ante sujetos que están en un estado límite, no porque permanezcan en un espacio diagnóstico -más o menos bien delimitado- para psicoanalistas, psicólogos y psiquiatras en el que compartirían frontera con las psicosis, las perversiones o las neurosis, sino porque su no elección los deja estancados entre la regresión posible al Otro materno Absoluto -de allí el vacío- y una progresión hacia el padre, y por su mediación hacia la vida, que no se acaba de afrontar -de allí la depresión-.
Texto leído en las Jornadas de Gradiva, Associació d’Estudis Psicoanalítics, marzo de 2013.